miércoles, enero 7

La Rotonda


Por: Sol Guerrero

Nunca antes una pareja había llamado tanto mi atención. No podía quitarles mis ojos de encima.

Desde hacía cinco años, tres veces por semana, atravesaba la “Rotonda del Vapor”, una zona fabril, de casas bajas, techos de chapas acanaladas y veredas que parecían desalineadas con intención.

Aquella mañana de Julio llegué a la parada buscando sincronía con el horario de la costera criolla. Ya esperaba una pareja octogenaria que de tanto abrazo parecían siameses sobrevivientes al tedio. La señora con pantalón azul, blusa tornasolada violeta, a veces negra, y campera de jean con corderito, no medía más de 1. 50, y él, con pantalón beige, sujetado casi a la altura del esternón, y buzo de plush marrón, con una insignia que decía “zinguería La rotonda” en su espalda, la excedía en 20 centímetros.

No se despegaron ni para organizar las monedas. Se hablaban al oído mezclando el humo que salía por sus bocas producto del frío. Él le explicaba, una y otra vez, dónde tenía que bajarse, 13 y 44, “Plaza Paso”, y ahí caminar por 13 hasta llegar a la Catedral. Ése era el destino de ella, pero no de él.

No pude dejar de mirar el modo como se besaban mientras el señor le cubría las orejas con sus manos para no dejar pasar el viento. Las palabras se instalaban a medio centímetro de su nariz. Arriesgué por una relación recién haciéndose. Raro en un barrio como ése, donde suelen replicarse familias tradicionales de largos años, atados a la costumbre de estar un poco en la vereda, un poco tras el mate y otro poco en cada comercio de la zona, germen de cualquier relato útil para varios meses de intercambio.

A los diez minutos un joven con gesto de un sueño frustrado y huellas de madre en sus ojos se acercó con uniforme tibio del planchado y ademanes de policía experimentado. Portaba arma lustrada y gorro con destellos de luz en cada pliegue. Siempre están, bajan en la Vucetich, orgullosos de su estirpe negro azulado.

La pareja no respiraba de tantos besos y el peinado que ella había logrado, con los invisibles atravesados entre mechones bicolores y raíces blancas, estaba siendo prolijamente arruinado por él. La escuché decir -ya sé, ya me dijiste, 13 y 44 “Plaza Paso”-, él sonrió, -es que si no te lo repito sos capaz de bajar en cualquier lado, decíle al chofer que te avise-. -Sí, sí- dijo la mujer, peinándole las cejas con los dedos entumecidos.

Siendo y media hicimos foco hacia la mole blanca que, no por puntual sino por escasa, debía llegar a tiempo. Llegó.

-Ahí viene, Nelly, dale, acercate a la calle…- le dijo el hombre. Todos adelantamos unos pasos. El secreto era no dejarla seguir de largo y quedar con los brazos extendidos como quien pide una dádiva sabiendo que se verá con el gesto inconcluso.

Fuimos subiendo, Nelly se aferró a la máquina de monedas, separó las piernas para alinearse, acercó su torso al chofer… -A “Rotonda de Alpargatas”, por favor-. La miré sorprendida, se había confundido. -¡No, abuela, “Plaza Paso” es…, abuela, abuela…!- Y cuando quise ser más contundente para decirle que no era rotonda sino plaza, que no era Alpargatas sino Paso, estalló el ringtone del policía, algo suburbano por cierto, al sonido de ¡Maradooo, maradoo!

Miré a Nelly, intenté acercarme aunque ya era tarde, pero remediable, miré al muchacho, y en ese movimiento ambiguo lo escuché decir - ¿Qué? ¿Vas a hacer la denuncia? Te mato, cuando vuelva te mato, ¿me escuchaste?- No pude dejar de dirigir mi oído a él que creía no ser escuchado. -…Nadie te va a creer pelotuda, ¿a quién le vas a decir, a Duhalde, boluda? Se va a cagar de risa, no me jodas… ¡Te mato, te hago mierda…!

El tipo cerró el celular, Nelly se sentó con el boleto equivocado y yo, un tanto desorientada, sólo me quedé mirándolos. ¿Qué podía hacer?

Nelly me inspiraba más preocupación, se notaba en el muchacho un porte de matoncito débil, la mirada rebotaba de costado a costado cuando hablaba por su celular. Quedó parado con el arma apuntando a mi pelvis, no podía evitar contraer mis muslos al ver asomarse la punta hueca y redonda del estuche que llevaba en la cintura. Finalmente fue amable, me había cedido un lugar. Pasado un cuarto de hora quedó libre el asiento del acompañante de Nelly y en unos minutos se bajaría en Alpargatas si yo no hacía algo.

-Hola abuela, disculpe, sacó boleto a “Rotonda de Alpargatas”.
-Sí ¿y?
-no, que su marido le dijo 13 y 44, “Plaza Paso”.
-¿Cómo?
-Que su marido…, el señor… ¡Que se va a perder, abuela!
-¿Que mi marido se va a perder? No entiendo…
-No, que usted se va a perder
-¿me deja señorita?
-¿Me entiende? Usted tiene que bajar en “Plaza Paso” y no en… ¿me entiende?
-Sí, sí, tengo que bajar…

Se bajó, y yo tras ella. Descendió firme pero con dificultad, me miró de reojo, aferró su cartera al pecho y caminó tan ligero como puede hacerlo una mujer de ochenta, de piernas cortitas. Se acomodó el pelo, volvió a mirar hacia mí e intentó perderse entre la gente, que es mucha a esa hora en la “Rotonda de Alpargatas”, todos trabajadores de la fábrica de lonas.

Es probable que tuviera miedo de mí, pensé, pero de todos modos la seguí, me daba mucha pena su confusión y no podía evitar que me provocara angustia su aspecto frágil.

Pasada la puerta de la fábrica, todo lo demás era descampado y ella siguió de largo hacia la nada, hacia el pasto. Tomó uno de los lados de la rotonda y giró el cuerpo para cruzar la calle. Todo me sobresaltaba, esa calle era acceso a ruta dos que va a Mar del Plata así que el peligro para la abuela era letal. Cruzó y yo atrás.

Siguió derecho, miré al horizonte tratando de adivinar su destino. Vi una estructura levantada en medio de pastizales cortados a machete, algo así como una casa muy pequeña con puerta y ventana color roja, toda roja, atiborrada de cosas que no podía distinguir. La orientación de su andar indicaba que se dirigía a ese lugar y yo tras ella, a cierta distancia.

No entendía por qué Nelly iba hacia allí, tal vez su confusión había sido repentina o había entrado en un estado de shock, de demencia senil. Mi padre murió padeciendo esa enfermedad así que sabía de qué se trataba, la conciencia se desvanece y el cerebro construye imágenes aleatorias, descoordinadas y discontinuas. En esas circunstancias perderse es una de las opciones recurrentes.

Pero no. Unos minutos más tarde entendí. La abuela sabía dónde iba, sabía perfectamente lo que hacía. Nelly ya había ingresado al santuario del Gauchito Gil.

Me quedé en cuclillas mientras masticaba algunos pastitos como cuando era adolescente. Me refugié un poco de su alcance visual, trataba de entender qué la había motivado a mentirle a su compañero. Él la dirigió a la catedral pero parece que ella ya sabía que iría al santuario.

Una cuestión de creencias pensé. Algún pedido que él seguramente también conocía pero que ella había decidido que el artífice del milagro no fuera el dios convencional, ni su casa, la imponente catedral de La Plata. Era hora de irme, Nelly no necesitaba de mí y yo debía llegar a mi trabajo.

Cuando le di la espalda al santuario vi a un hombre entrado en años que también se dirigía a la posada del gauchito. No había motivos para que me sorprendiera, pero me detuvo. Su andar no era franco. Me quedé mirando, entró a la casa del santo y no salió de allí pese a encontrarse adentro con Nelly. Me acerqué lentamente por uno de los costados, llegué a estar a pocos metros. No tenía nada que hacer allí.

Pasadas las horas volví del trabajo, lo que Nelly había despertado en mí me instó a relatar una nueva historia. Prendí el televisor, sólo para generar cierto movimiento. Elegí una ópera de fondo, “Madame Butterfly”, para sumarle un tono dramático y amoroso al clima. Busqué café caliente para estirar la noche.

Empecé el relato “…Nunca antes una pareja había llamado tanto mi atención. No pude quitarles mis ojos de encima…” Levanté la taza de café para darle el primer sorbo y ahí quedé, impávida. “…Cadáver de joven policía con un tiro en la boca…” Subí el volumen, la noticia circulaba en serie. “…Joven policía fue asesinado a sangre fría, se sospecha de Salvador Duhalde, comisario de la 1ra de Burzaco. Sería el amante de la mujer del joven Cárdenas. La mujer ya fue detenida. Duhalde permanece prófugo…”. Apagué el televisor.

Sigo prefiriendo a Nelly.


Sol Guerrero