jueves, marzo 24

La certeza de Daniela

Daniela era la menor de cuatro hermanos. Sólo ella había nacido en Buenos Aires, hace no más de 35 años.


Sentada frente a mí en el primer banco y con los ojos inamovibles escuchaba la clase de Historia. La dictadura militar era el último tema que debían estudiar para rendir en unos días la evaluación de ingreso a la Facultad de Sociales.

En el aula, ocupada en la mitad de sus asientos por jóvenes que promediaban los 22 años, corría un viento frío cuando por fuera de la mole de cemento el sol calentaba a unos 34 grados. El silencio era silencio.

Tal vez la dureza de mi relato los estaba incomodando, pero era necesario transmitirles la imagen de aquella maquinaria perversa y criminal impuesta por los militares. Una Argentina nefasta que ellos no habían vivido.


Desde el fondo, el bostezo de uno de los alumnos me alertó. Levanté la voz y varié los tonos, hice uso de mis gestos para representar las formas de tortura. Desterré con vehemencia la teoría de los dos demonios, agudicé los adjetivos para transmitirles el sentido de la recuperación de la democracia y me valí de mis intereses políticos para transferirles la importancia del compromiso…


Y allí no ocurría nada...


Qué imagen de esa historia podían tener si nada de aquél contexto los había construido. Finalmente, es posible que la representación subjetiva de esa forma de dolor no pueda ser transferible sobre una estructura configurada por fuera del terror. Sin embargo, yo no tenía más de 6 años cuando la dictadura desplegó su plan macabro. Es cierto que a mi familia la rozó la violencia, que dejaron de ver a más de un amigo hasta hoy, y que tuvieron que refugiarse de algún intento cercano de persecución. Así y todo sólo es un recuerdo sensitivo para mí. Tal vez suficiente para entender hasta dónde las miserias humanas pueden horadar la conciencia y la dignidad de un pueblo. El mensaje enigmático del miedo, quizás; los gestos protectores, más de resguardo que de amor. La piel se impregna de eso, seguramente, y se instala como inconsciente colectivo arrastrando el imaginario de la época…

Mientras tanto Daniela no dejaba de hundir su mirada en mí.

Concluir el relato implicaba indefectiblemente atravesar el concepto de identidad. No basta con retener el pasado en el pasado cuando las secuelas de una historia atraviesan el acontecer político de toda época sucesiva. No es por capricho que una sociedad pretende actualizar una y otra vez la memoria como instancia de reparación, pero no como aspiración del perdón, sino al recuerdo aleccionador de prácticas a desterrar cada vez, y en cada conmemoración…


Mencioné a las Abuelas de Plaza de Mayo y Daniela adelantó el cuerpo, desarmó el silencio y se atrevió, sin permiso, a la palabra.

- Hace diez años la Asociación de Abuelas mandó una carta a mi casa solicitándole a mis padres que nos acercáramos a la entidad. Tiempo después supe que lo que buscaban era confirmar que mis padres fueran mis padres biológicos. La sospecha surgió a partir de mi fecha de nacimiento y que, de mis tres hermanos nacidos en Tucumán, yo había sido la única nacida en Buenos Aires.

No tengo claro -continúa Daniela-, qué datos o pruebas mis padres tuvieron que llevar para confirmar mi pertenencia biológica a la familia pero, evidentemente, fueron lo suficientemente creíbles porque no tuvimos que volver a presentarnos ante ellas.


- ¿Creíbles o certeras? -Le pregunté-


- Creíbles, -insistió- porque pasado todo este tiempo yo siempre tuve distintas sensaciones de no pertenecerles. No sólo porque no hay fotos de mí de bebé, o de mi madre embarazada de mí, sino porque algo de ellos no me identifica con ellos.



Como un impulso hacia el silencio levanté mis cejas intentando clausurar su relato, para no exponerla quizás, no lo sé, supuse que se estaba sintiendo obligada a hablar de algo íntimo que no estaba acomodado en su historia… El encuentro de dos generaciones, una, la mía, sustentada sobre ciertos principios de preservación de la privacidad y empecinada en ir contra las prácticas de la posmodernidad que desdibujan los límites de lo privado y lo público; y la de ella que, adueñándose de las nuevas formas de relación, prefería desnudar su vida ante los demás.


Toda su generación, sean o no hijos de quienes creen ser hijos, llevan sobre su ser la sospecha de no serlo. El mínimo dato puede convertirlos en víctimas de una historia que desterró toda certeza de identidad. Y eso es presente...


La intención de transmitirles esa historia podía ser en vano tratándose de jóvenes tan vinculados con la democracia y, tal vez, se volvía una sinrazón empujarlos a una sensación finalmente imaginaria para ellos, pero Daniela avanzó…

- Me doy cuenta, profe, que todo este tiempo quise saber y no me animé a averiguar por mis propios medios. Que me quedé con un relato pero me falta otro para confirmar, o desechar, la posibilidad de que alguna abuela me esté buscando. Me voy de esta clase sintiendo que tengo que reconstruir mi historia porque la identidad no puede ser más o menos, es o no es.

Algo del viento cálido atravesó las ventanas. Miré el reloj, hacía media hora que había terminado la clase y ni uno de los compañeros de Daniela se había movido de allí. Y yo creyendo que a nadie le importaba...


miércoles, marzo 23

Gente

Por Sol Guerrero

Hay gente, no mucha, que esté donde esté situada, tiene la profunda capacidad de entender la vida de los otros. Y los que somos otros, ante esa gente, sentimos que estar en sus manos, lejos de condicionarnos, de posicionarnos como súbditos, dependientes, subsumidos al poder, nos ofrece la sensación de la protección necesaria en un mundo despiadado...

Hay quienes gozan viéndote pedir y hay quienes gozan viéndote recibir... Esta gente me despierta el mayor de los respetos... Será que me alivia saber que no soy la única que trabaja cotidianamente en ese sentido... Porque el poder circula por todos lados y yo soy parte de quién lo posee respecto de otros...

viernes, marzo 11

Un intelectual crítico.

Murió David Viñas. Cuánto lo siento...

"...Si un intelectual crítico no piensa en el suicidio, por lo menos una vez al año, entonces no es un intelectual crítico. ¿Está claro?"


David Viñas.


Por Sol Guerrero


Allá por el 2003, caminando por la calle Corrientes como hacía por aquella época todos los miércoles, antes de entrar al cine, y a modo de hacer tiempo, decidí pasar por una librería. De todos los títulos que recorrí se instaló ante mí "Claudia conversa" de David Viñas.


Con mi libro bajo el brazo caminé unas cuadras y por azar miré hacia adentro de un bar, como quién mira la clase de gente que existe más allá de uno. Allí lo vi, sentado, solo, con un café enfriándose y leyendo algo.


Entré al bar, me acerqué, le pedí disculpas por mi presencia, le sonreí y le mostré el libro... "casualmente, le dije (...) yo se que esto no se hace pero.... ¿me firmaría el libro?" Él me sonrió y me invitó a compartir un café.


No llegué a estar una hora conversando con él pero fue una hora que llevaré en mi memoria y en mi libro hasta que yo también, como él, muera.

En esa hora me contó la vida de Claudia y con toda su sensibilidad me dijo "-Vos podrías ser Claudia- no es lo mejor que he escrito pero es una historia que vale más por lo que fue que por lo que yo pueda decir de ella..." (algo así...)

Me levanté, le dí un beso y me fui con mi libro dedicado, orgullosa de haber sobrellevado la verguenza de haberlo molestado, y no porque haya desafiado mi pudor sino porque a él le dio alegría mi presencia...

Tal vez porque en ese instante fui Claudia para él.

sábado, octubre 30

Tristeza súbita

Por Sol Guerrero

Ayer, 29 de Octubre, Vera cumplió 10 meses. Claro que, a pesar de estos días de consternación, no me olvidé. Pero esta vez me tocó decírselo afligida. A falta de su risa sólo obtuve una mirada ladeada. Descontando el día de su nacimiento creo que es la primera vez que solté lágrimas frente a ella.  Seguro sabe por qué. O, en tal caso, lo irá sabiendo.


La vida no siempre es bella, qué mierda, por lo tanto no le inventé ningún juego hipócrita. Vera es nuestra hija pero también lo es de este país. Casi, casi, que dependerá más de éste que de nosotros.

Sin ella hubiera sido distinto, tal vez. Con dolor también, pero más ajustado a la racionalidad que otros quisieran ver en mí ante los hechos. El plus de la existencia de Vera me incrusta la muerte de Néstor Kirchner en el alma.

Yo sé que más de uno, incluso quienes me conocen desde muy cerquita, no entienden. Será porque siempre fui medida con los “amores” sociales o públicos. Si de fanatismos se trata no porto pasiones religiosas, ni futbolísticas, ni artísticas. Ni siquiera político partidarias. Me mostré en más de una ocasión libre pensadora. No tengo nada que venga “de raza”. Pero sí tengo ilusiones.

Desde antes del 2003, ese tipito me gustó. En esporádicas apariciones en la T.V., como gobernador, me provocaba cosquillas en los labios. A ese feúcho, entre tanto político, lo escuchaba con atención. “Me gusta”, decía cada vez…

Lo voté convencidísima. No lo hice por resignación o por una aguerrida afrenta contra Menem. O también, en todo caso, pero lo voté feliz y desde entonces, por primera vez, me fue saliendo bien.

Provengo de una familia simpatizante del peronismo pero no fueron ni sus “hijos” ni sus soldados, fueron siempre más socialistas que peronistas. Lo cierto es que en más de una oportunidad -y pese a los momentos de angustia familiar por los que pasamos en la dictadura, de los que tengo recuerdos sensitivos-, sentí nostalgia de la pasión política y la militancia que tuvieron mis viejos. Siempre anhelé eso para mí pero a pesar de las intentonas de política barrial y universitaria no encontraba demasiado bien dónde hacer pie. Hasta que llegó él.

No voy a enlistar lo que a esta altura, ya se sabe, hizo bien. Ciencia ficción, dijo mi compañero, y es exactamente eso. Quiero decir que además me gustó por lo que hizo mal y no, como tantos me han intentado decir sin la frescura suficiente, por acrítica o por fundamentalista, no.  Me gustó con sus errores porque confío en los seres humanos y sus contradicciones, no en los puristas, ni en los inmolados. No  descanso ni en los demagogos ni en los altruistas; confío en los desprolijos bienintencionados y él fue eso para mí. La diferencia radica en aquellos que hacen por lo que tienen y los que hacen por lo que les falta. Y ese pingüino lo tenía todo.

Admiro y admiré cómo fue construyendo el poder, con cuadros nuevos y los de la vieja política. Cómo fue aliándose con lo mejor y lo peor del aparato peronista para ir montando escenas propias. Cómo fue despegándose de los obstaculizadores e indolentes. Cómo desplegó su desfachatez sin esperar la venia de nadie. Me gustaba cómo negociaba intereses del pueblo con los sectores mezquinos, aves de rapiña, pero cercanos al fin y presas duras de roer. Y todo eso que, a caminito lento, fue logrando desde la soledad al principio y desde la solvencia política después.

Los dos me enamoraron por sus intenciones o sus fines, pero también, por sus medios y por sus formas…

No soy obtusa, no. En la intimidad, en más de una ocasión, pensé “¿Cómo no lo hizo de otra manera?” Pero aún así, como cualquier amor “pispireto” lo quise con el alma, la razón y el cuerpo puesto allí a defender;  y  si por caso mi cara andaba al viento, lo hice sin ambigüedades, ante los otros. Como quien por mucho menos lo hace por un equipo de fútbol, por su camiseta.  Tal vez, lo que me reivindique, en este caso, es que en medio del partido hay más de 40 millones de argentinos en juego.

Por eso lo voy a extrañar cada día. Porque era palpitante hasta para tenerlo de enemigo, adversario o como coño quieran llamarlo. Él era una bestia política y de aquí en más no creo que quepa en mi memoria otro registro semejante. Pero Néstor, el compañero y amigo como supo decir la gente en la plaza estos días,  ya no está y eso me va a seguir pareciendo una leyenda, no por incredulidad sino por desazón.

Mientras tanto yo no siento miedo porque está ella y ella es –ella-. Cristina es guerrera. Y disculpen si suena soberbio pero yo sé algo de eso… Lo que tengo es una profundísima pena, porque quién me puede negar que juntos eran un frente inquebrantable. Me llena de dolor saberla a ella sin él. Sin sus intimidades. Me inquieta saber quién portará la osadía suficiente para animarse al trabajo sucio que era juego de él. Me conmueve la tristeza de los más humildes, de los jóvenes y de los viejos. En ellos se los respiraba a ambos. -Dignidad- es lo que más les escuché decir en la plaza y esa es la palabra precisa. Me desencaja que no puedan seguir siendo, juntos, guías del país ideal que hoy se vislumbraba.

El futuro de mi hija es una apuesta en juego. Por lo pronto la democracia seguirá siendo mi religión y este peronismo K, mi cura.

Vera cumplió 10 meses y mi golpe al corazón es por mí pero mucho más por ella, porque haciendo cuentas no hubiera querido tener que contarle esta historia “perfecta”, hubiera querido que creciera con ella...