"De cuando un día cualquiera deja de serlo..."
Por: Sol Guerrero
Perdida
Eran las 5 de la tarde, minutos más, menos. Llegaba a mi casa. Relevo a Pini del cuidado de Vera y él a mí como proveedor del hogar. Antes de irse me pasa el parte de situación. Hora que comió, cuánto durmió y alguna que otra novedad. Nos abrazamos los tres sangucheando a Vera y se va. ¿Tierna imagen, no?
Un día del amigo intenso, abrazos y frases que le otorgan extrañeza a una jornada que, como suelo decir, deja de ser cualquiera. Aunque es previsible que si uno no está solísimo, abandonado, desposeído, parapetado, y así…, border, border, eso suceda.
Lo demás se parecía bastante a las 5 y pico de ayer. Limpiar los platos, hacer las camas, darles de comer a mis perris, lavar ropa; después de un día de lluvia limpiar las huellas perfectas que dejan las patitas de Azúcar y Olivia. Por supuesto, entre otras cosas, levantar, acostar, hamacar, cambiar, mamadera, juguete, televisión y algo de acro-sport en la cama (ahhh, yo fui gimnasta, ¿no les conté? Otro día…) para gastar energías de Vera.
No es que Pini no haga nada es que todo eso se hace por tercera o cuarta vez en el día. Ni falta que hace decirles. Y por fin puse la pava en la hornalla. Vera duerme y yo con dos posibles tareas, trabajar en algo pendiente de la facultad o ir espiando el facebook porque el tránsito de mensajes estaba, por suerte, en actividad permanente. Bueno, las dos cosas. Sí! yo puedo hacer dos al mismo tiempo, qué tanto…!
Casi que llego a la hora cumplida con la misma tarea hasta que escucho a alguien gritando en la puerta, en la vereda digamos, para ser más precisa. Bajo la música para escuchar si era en mi casa. La calle donde vivimos es muy transitada de gente y de autos así que de todas las posibilidades existentes la última era que fuera en mi territorio. Ahora, sucede que en lo que hace a la vez de reja y jaula de nuestras mascotas no tenemos timbre, entonces siempre me persigo creyendo que pueden estar llamándome a gritos. Claro, en general la gente aplaude. Pero no. Subo la música y sigo con lo mío.
Otra vez el grito, bajo el volumen, nada, subo el volumen. Voy a ver a Vera, por ahí ya aprendió a gritarme, pienso. No. Angelito, angelito. Sigo con trabajo y mensajes. Otra vez, la tercera es la vencida o, en su defecto, si alguien dependía de mí para salvarse ya era tarde. Miro por la ventana y sí, una señora entrada, sumergida diría, en años, estaba en mi puerta.
Salgo, poca luz para ser la tarde y mucha para ser de noche. Me acerco.
Yo- Hola Señora, sí, qué necesita
Sra- Entrar a mi casa
Yo- Ajá… No entiendo.
Sra- No encuentro el timbre.
Yo- No, no hay timbre pero qué necesita
Sra- Entrar a mi casa dije.
Yo- No señora, me parece que está confundida, yo vivo acá.
Sra- Nooo, yo soy la hija de mi hija y vivo acá con mi marido, 70 años con mi marido. ¿Vos quién sos? ¿Está mi hija?
Yo- A ver señora, tranquilícese, mire… Yo alquilo esta casa. Usted está confundida.
Sra- Pero yo no la vendí. Vivo acá.
(Ahí me percaté que la señora era la dueña de la casa que yo alquilé hace un año. En verdad yo hice todo el trámite con la hija y ella es la madre de la hija, por eso no la reconocí)
Yo- No claro, usted no la vendió. Esta es su casa, es cierto, pero yo se la alquilé…
Sra- Claro, es mi casa…
Yo- Sí pero no, porque ahora yo vivo acá ¿entiende? ¿Por qué no pasa así llamamos a su hija para que la venga a buscar? ¿Quiere?
Sra- No… (se larga en llanto) me confundí… pero 70 años estuve con mi marido y se murió el 26 de agosto, hace un mes, y por qué vine acá si yo vivo en Castelli… ay Dios!
Yo- uh, siento mucho lo de su marido. No, Castelli es acá señora. ¿No quiere pasar así llamamos a su hija? Dele, pase…
Sra- Sí, paso y me quedo en mi casa
Yo- Eso no va a poder ser pero pase… así habla con su hija, dele…
Sra- Sí… 70 años con mi marido…
Yo- Venga vamos, quédese acá, deme un minuto que saco a las perras.
Las perras, cómo hago… malabares para sacarlas y de paso miro a Vera que estaba con los ojos prendidísimos. La señora muy angustiada entra, la siento en el sillón, trato de bajarle la angustia. Ella va y vuelve, del pasado al presente, de la felicidad a la más profunda tristeza y sí, de la risa al llanto.
Las perras queriendo entrar, Vera llorando ante mi ausencia (digo yo… no sé) Decido llamar a la hija desde mi celular para no cambiar de ambiente… ¿Y el número de teléfono? Rescato a Vera, me la llevo a upa. Me agacho para quedar a su altura, de la señora, trato de inspirarla y le pregunto…
Yo- ¿Usted se acuerda por esas cosas de la vid… cómo es el número de teléfono de su hija? Piense tranquila (No podía ser posible, pero sí!)
Sra- Sí claro… 4294 49 mm mm. Qué lindo tu nene.
Yo- Epa! Perfecto. Es una nena…, a ver… 429… (Suena el teléfono de mi casa) quédese acá que atiendo y vuelvo. No se mueva, ya vengo.
Sra- sí querida.
Yo- Hola (tal vez la hija se haya dado cuenta, pensé) hola…, hola. (Nadie) Mi celular ocupado y mi teléfono de línea mudo. Corto el de línea y vuelvo a marcar el de la hija de la señora desde el celular. Vuelve a sonar el de línea… Vera a upa.
Yo- ya vengo eh, espéreme
Sra- Sí querida. Qué lindo tu nene!
Yo- Es nena. Hola…, holaaa, holaaa! (El de línea mudo, el celular ocupado. Miro la pantalla… qué boluda, qué boluda, me está dando el número de mi casa)
Yo- A ver señora ¿se acuerda como es el de su hija, donde usted vive? El que me dio es el de esta casa.
Sra- Pero sí, si yo vivo acá…
Yo- No. A ver, el teléfono de su hija, piense, piense
Sra- Sí 4293 85 mm mm
Yo- Ahí está.
Marco, suena, atienden. Hablo con la hija de la madre. Angustiadísima, la estaba buscando. Todo listo. Seguimos con la señora, me relata su vida en pocos minutos. Me repitió cientos de veces todo lo que amaba a su difunto marido y yo recordaba, cada vez, que Haydée, mi vecina, chusma de categoría siempre me contó cuánto le pegaba el marido a esta señora y ella viniendo en su ayuda… “70 años con él”, me decía, la suma no me daba pero hacer cuentas con ella no, de ninguna manera…
Sra- Estas cortinas son mías… qué lindo tu bebe!
Yo- Siii, muy lindo ¿no? (Si me preguntaba el nombre le iba a decir Juan ya lo tenía pensado) Claro! Usted las dejó las cortinas… ¿se las quiere llevar?
Sra- No querida. No me trate como una nena, ya sé que me desorienté pero eso me pasa por salir. Hoy decidí ir a ver a mi amiga porque es el día de la familia. (…) y eso que tomé la pastilla. Tres veces la tomé…
Yo- ¿Tres veces? Ahh, pero debe ser por eso…
Sra- Sí… porque 2 veces me olvidé que las había tomado (claro, debí suponerlo)
Yo- Mire. Ahí viene su hija.
Y se fue. Entré a mi casa. Busqué a Vera, la acosté sobre la cama, la miré… tenía hipo. Acompañé el sonido “hip” “hip” y sólo con eso se echó a reír como nunca. Por suerte me dio el cuerpo entero para registrar que estaba oyendo su primera carcajada. Obviamente repetí el juego, claro, “hip” “hip”, ¿para qué? me miró, media sonrisa y explotó en llanto. ¿Eh? Nahhhh, no puede ser, esta pibita se dio cuenta de todo…, me está cargando…! La levanto, la tranquilizo. Me tiro en la cama, ella duerme y yo respiro…
Finalmente, pienso, sigue siendo un día cualquiera. Lo cierto es que pasé de la demencia senil a la demencia precoz en no más de 70 minutos. No puedo ni imaginar lo que ocurre en 70 años!
Por: Sol Guerrero
jueves, julio 22
lunes, julio 19
Qué lo parió!
Por: Pini Raffaele
En Rosario uno puede ser albañil, abogado, médico, chorro (choro se dice en rosarino), prostituta, maestro, gay… pero, o sos canaya o sos leproso. No reconocer alguna de estas pertenencias equivaldría a ser una especie de suizo, o monegasco. Hay por supuesto quienes no se interesan demasiado por el fútbol, pero de alguno de los dos son. Si alguien dice mientras camina por la peatonal “soy de Boca” inmediatamente se le pregunta en qué barrio de Buenos Aires vive. Porque rosarino no es.
Más allá de los energúmenos que van a matarse a palos en cada clásico, canayas y leprosos conviven pacíficamente en la ciudad, sabiendo que no son iguales. Cuando una figura popular manifiesta su simpatía por alguna de las parcialidades, inmediatamente pierde el favor de la otra. Con una sola gran excepción: el Negro Fontanarrosa. Me arriesgo a decir que a todos los argentinos se nos estrujó el corazón el 19 de julio del 2007 cuando circuló la noticia de su muerte, pero sólo un rosarino pudo entender lo que significaba ese pibito con la camiseta de Newel´s y el gorrito entre las manos viendo pasar el cortejo fúnebre. Para el Negro eso debe haber resultado más valioso que el Cervantes de literatura.
Es difícil hablar de él después que lo han hecho Serrat y Sabina. ¿Cómo describir mejor el sentimiento después de ese Mendieta mirando al cielo que publicó Daniel Paz en la portada de Página 12?
Siempre se ha dicho (y mucho más después de su muerte) que no tuvo el reconocimiento académico que se merecía. Pero yo creo que era porque él mismo lo esquivaba. Se manifestaba de una manera tan políticamente incorrecta que boicoteaba toda posibilidad de inscribirlo en el canon. Cuando la mayor institución de la lengua española lo invita y lo sienta al lado del Rey para inaugurar su evento más importante, el tipo se pone a filosofar sobre la importancia de la letra R en la pronunciación de la palabra “mierda”. Está clarísimo! No quería que los muchachos de Arroyito lo vieran juntándose con los del Jockey Club.
Declaró ser un precursor de la deserción escolar y cuando la Universidad de Córdoba le otorgó un Doctorado Honoris Causa dijo “-Esto demuestra lo mal que anda la educación en Argentina”. Y fue con esa actitud con la que nos robó el corazón a todos. Representando nuestras grandezas y miserias dichas por Inodoro Pereyra y meditadas por el entrañable Mendieta. Hasta logró que sintiéramos pena por la soledad irremediable del cruel Boogie y en el final nos regaló esa maravilla que fueron sus cuentos interpretados por nuestros mejores artistas.
Hay una propuesta circulando por Internet para cambiar el anodino 20 de julio por el 19 para festejar el día del amigo. Un Leproso hasta los huesos como el que escribe estas líneas vota a favor de festejar ese día en honor a ese gran amigo Canaya.
Nota: En Rosario nadie llamaría canalla a un Canaya.
Por: Pini Raffaele
En Rosario uno puede ser albañil, abogado, médico, chorro (choro se dice en rosarino), prostituta, maestro, gay… pero, o sos canaya o sos leproso. No reconocer alguna de estas pertenencias equivaldría a ser una especie de suizo, o monegasco. Hay por supuesto quienes no se interesan demasiado por el fútbol, pero de alguno de los dos son. Si alguien dice mientras camina por la peatonal “soy de Boca” inmediatamente se le pregunta en qué barrio de Buenos Aires vive. Porque rosarino no es.
Más allá de los energúmenos que van a matarse a palos en cada clásico, canayas y leprosos conviven pacíficamente en la ciudad, sabiendo que no son iguales. Cuando una figura popular manifiesta su simpatía por alguna de las parcialidades, inmediatamente pierde el favor de la otra. Con una sola gran excepción: el Negro Fontanarrosa. Me arriesgo a decir que a todos los argentinos se nos estrujó el corazón el 19 de julio del 2007 cuando circuló la noticia de su muerte, pero sólo un rosarino pudo entender lo que significaba ese pibito con la camiseta de Newel´s y el gorrito entre las manos viendo pasar el cortejo fúnebre. Para el Negro eso debe haber resultado más valioso que el Cervantes de literatura.
Es difícil hablar de él después que lo han hecho Serrat y Sabina. ¿Cómo describir mejor el sentimiento después de ese Mendieta mirando al cielo que publicó Daniel Paz en la portada de Página 12?
Siempre se ha dicho (y mucho más después de su muerte) que no tuvo el reconocimiento académico que se merecía. Pero yo creo que era porque él mismo lo esquivaba. Se manifestaba de una manera tan políticamente incorrecta que boicoteaba toda posibilidad de inscribirlo en el canon. Cuando la mayor institución de la lengua española lo invita y lo sienta al lado del Rey para inaugurar su evento más importante, el tipo se pone a filosofar sobre la importancia de la letra R en la pronunciación de la palabra “mierda”. Está clarísimo! No quería que los muchachos de Arroyito lo vieran juntándose con los del Jockey Club.
Declaró ser un precursor de la deserción escolar y cuando la Universidad de Córdoba le otorgó un Doctorado Honoris Causa dijo “-Esto demuestra lo mal que anda la educación en Argentina”. Y fue con esa actitud con la que nos robó el corazón a todos. Representando nuestras grandezas y miserias dichas por Inodoro Pereyra y meditadas por el entrañable Mendieta. Hasta logró que sintiéramos pena por la soledad irremediable del cruel Boogie y en el final nos regaló esa maravilla que fueron sus cuentos interpretados por nuestros mejores artistas.
Hay una propuesta circulando por Internet para cambiar el anodino 20 de julio por el 19 para festejar el día del amigo. Un Leproso hasta los huesos como el que escribe estas líneas vota a favor de festejar ese día en honor a ese gran amigo Canaya.
Nota: En Rosario nadie llamaría canalla a un Canaya.
Por: Pini Raffaele
domingo, julio 18
Registro 3
"De cuando un día cualquiera deja de serlo..."
Por: Sol Guerrero
Suerte
El sábado fue un día de cambios, no internos sino decorativos. Hace quince días Vera cumplió 6 meses y consideramos con Pini que era momento de que tuviera su habitación y nosotros la nuestra.
Tal decisión supuso otra decisión. Desalojar de la pieza en cuestión a mis dos perras. Ellas tenían allí su cama de dos plazas (sí!, ya sé, ya sé… ni me lo digan). La habitación contigua era la nuestra. Era un día de cambios, sí, interno, de nuestra casa digo…
Acepté el duelo. No obstante imaginé alternativas posibles que hiciera menos traumático el traslado, el de Azúcar y Olivia, claro.
A media mañana me arreglé y fui al centro de Adrogué en búsqueda de goma espuma. La idea era armar dos colchones forrados para que durmieran en el living lo más cómodas posible.
La travesía de conseguir goma espuma no es un tema menos importante. No sólo porque no fue fácil conseguirlo, (y ahora no me digan todos que saben dónde se vende) sino porque cuando logré dar con un local la cuestión pasó a ser cómo trasladarlo al auto que estaba estacionado a diez cuadras. Quienes conocen Adrogué saben que no hay situación más compleja que encontrar un lugar en el centro un sábado soleado. La cultura del cafecito y leer el diario es un ritual casi fundamentalista y todos, todos, aunque vivan a tres cuadras, como yo, van en auto. O sea, vamos.
Recordé que era necesario que sacara plata de un cajero. Fin de semana largo. Ya saben, colas interminables en los cajeros de la calle Esteban Adrogué. Estaba con tiempo, así que a hacer la fila nomás y que la suerte esté de mi lado. Que no me toque más de un principiante de la maquinita y trate de aprender in situ, hoy sábado soleado, día de cambios.
Allí me dispuse mientras por supuesto le mandaba mensajes de texto a Pini contándole la situación sólo para evitar el aburrimiento aunque difícilmente a mí me suceda semejante cosa. Siempre, pero siempre, encuentro una idea, un personaje, una fantasía, un proyecto, de donde sostenerme para evitar el tedio.
Sucede que las cosas a mí no me ocurren, más bien me buscan. ¿Qué pasó? Pasó que me ubiqué en la fila, detrás de mí una señora de unos 50 años creo, o más joven tal vez pero muy avejentada, que es lo más probable. Dos hijas, una de 8 y otra de 12, cálculos a ojo. Mientras avanzaba la fila lentamente ya había empezado a escuchar, de esta mujer, cierto modo irritante de dirigirse a su hija más pequeña.
Pasados unos minutos parece ser que la niña más grande en un movimiento “torpe” con su brazo izquierdo roza a su madre y engancha con un anillito, supongo, el sweter, cosa que produce cierto estiramiento de la lana que queda desentramada del orden original que el tejido dibuja cuando se vuelve sweter.
Lo que sigue es el diálogo al que asistí.
Madre- ¿Qué hacés nena?
Niña- (…)
Madre- ¿sos idiota Josefina?
Niña- (…) Con la mirada rebotando en el piso.
Madre- Mirá que sos tarada, ¿por qué no te hacés eso en tu pullover? Sos imbécil eh…! Contestame
Niña- (………)
Madre- Como te daría vuelta la cara de un sopapo pelotuda!
Niña- (…) se acerca un poco a su madre
Madre- Salí imbécil, la puta que te parió Josefina, mirá el pullover. Ay cómo te cagaría a palos!
Niña- (….) Su hermanita se acerca y apoya su cabeza en el brazo de la niña.
Madre- Una más estúpida que la otra…
¿Cómo explicarles? La furia que sentí no se alejaba en nada a la que debe sentir alguien que odia sin medida y es capaz de matar en una pelea mano a mano con el odiado.
Como una instantánea surgió de mi memoria el recuerdo de una tarde en el zoológico, siendo yo muy pequeña, cuando mi padre se trenzó en lucha, así dicen los medios, con un señor que le había pegado a su bebé de no más de 1 año por haberse caído en la tierra y haber ensuciado su vestidito blanco. O sea, se agarró a piñas con el padre de la chiquita porque no pudo soportar que la agrediera físicamente. Nunca voy a olvidar esa imagen.
Pensé infinidad de cosas, insultar a la señora, denunciarla ante alguien, ¿ante quién? ¿Con qué motivo? ¿Maltrato psicológico? ¿Maltrato infantil? ¿Cómo lo pruebo? ¿Por un diálogo de 5 minutos en la calle?
Delante de mí quedaba sólo un chico por entrar al cajero. Giré mi cabeza, miré a la señora con la mirada más desagradable que pude lograr y ella, por supuesto, sin el mínimo registro seguía intentando acomodar ese sweter detestable.
”Madre de mierda”, pensé. Por cierto la miseria humana no excluye a las madres. ¿Qué me sorprendía? ¿Qué se valora tanto de las familias heterosexuales? ¿Qué se les endilga a las madres como condición natural? Si no hay nada más que eso a priori, la posibilidad biológica de tener hijos. De ahí en más sólo una mujer y su circunstancia. La maternidad, tal como la concebimos en occidente al menos, es una situación que finalmente cualquiera puede cumplir si hay deseos de conformarse como responsable afectivo de un ser. Nada nuevo bajo el sol a esta altura.
Sigo: El chico que estaba delante de mí salió del cajero anunciándome que no había más plata. Lo miré unos segundos, “mala suerte” me dijo. Claro, mala suerte pensé; los padres también pueden ser producto de la mala suerte de un hijo. Ahora, uno puede doblarle la apuesta a la desgracia para intentar, al menos, que no reine sólo el azar ¿no?
Bueno. Retiré mi espalda del vidrio, giré como para salir de la fila, perfilé mi cuerpo, me acerqué a la niña, la tomé por detrás, de la cintura, casi que la abracé y le dije al oído con un tono lo suficientemente discreto pero alto. “Buscate otra madre mi amor, no son todas así, no dejes que te maltrate”. La señora observó pero a pesar de mi cuidado escuchó y con un tono más que desagradable e imperativo me dijo:
Madre -¿Qué? ¿Qué te pasa nena?
Yo- Me pasa que sos una reverenda hija de puta… eso me pasa.
Empecé a caminar con mi mirada rebotando en el aire y temblando, como esa niña tal vez, pero complacida de mí, a diferencia de ella.
Pensaba, minutos después, cuánto pudo haber afectado a Josefina mi comentario y cuánto camino recorrerá en su cabecita hasta que algún día cobre sentido. “¿Será?”
“Ojalá”, me dijo Pini, al tiempo que le besaba la nariz a Vera mientras su mirada se incrustaba en el cielo. Es una cuestión de suerte insistí y Vera la tuvo con nosotros, como intención al menos..., lo demás, como todo amor, es un trabajo que se inicia cada mañana bien temprano.
Por: Sol Guerrero
Por: Sol Guerrero
Suerte
El sábado fue un día de cambios, no internos sino decorativos. Hace quince días Vera cumplió 6 meses y consideramos con Pini que era momento de que tuviera su habitación y nosotros la nuestra.
Tal decisión supuso otra decisión. Desalojar de la pieza en cuestión a mis dos perras. Ellas tenían allí su cama de dos plazas (sí!, ya sé, ya sé… ni me lo digan). La habitación contigua era la nuestra. Era un día de cambios, sí, interno, de nuestra casa digo…
Acepté el duelo. No obstante imaginé alternativas posibles que hiciera menos traumático el traslado, el de Azúcar y Olivia, claro.
A media mañana me arreglé y fui al centro de Adrogué en búsqueda de goma espuma. La idea era armar dos colchones forrados para que durmieran en el living lo más cómodas posible.
La travesía de conseguir goma espuma no es un tema menos importante. No sólo porque no fue fácil conseguirlo, (y ahora no me digan todos que saben dónde se vende) sino porque cuando logré dar con un local la cuestión pasó a ser cómo trasladarlo al auto que estaba estacionado a diez cuadras. Quienes conocen Adrogué saben que no hay situación más compleja que encontrar un lugar en el centro un sábado soleado. La cultura del cafecito y leer el diario es un ritual casi fundamentalista y todos, todos, aunque vivan a tres cuadras, como yo, van en auto. O sea, vamos.
Recordé que era necesario que sacara plata de un cajero. Fin de semana largo. Ya saben, colas interminables en los cajeros de la calle Esteban Adrogué. Estaba con tiempo, así que a hacer la fila nomás y que la suerte esté de mi lado. Que no me toque más de un principiante de la maquinita y trate de aprender in situ, hoy sábado soleado, día de cambios.
Allí me dispuse mientras por supuesto le mandaba mensajes de texto a Pini contándole la situación sólo para evitar el aburrimiento aunque difícilmente a mí me suceda semejante cosa. Siempre, pero siempre, encuentro una idea, un personaje, una fantasía, un proyecto, de donde sostenerme para evitar el tedio.
Sucede que las cosas a mí no me ocurren, más bien me buscan. ¿Qué pasó? Pasó que me ubiqué en la fila, detrás de mí una señora de unos 50 años creo, o más joven tal vez pero muy avejentada, que es lo más probable. Dos hijas, una de 8 y otra de 12, cálculos a ojo. Mientras avanzaba la fila lentamente ya había empezado a escuchar, de esta mujer, cierto modo irritante de dirigirse a su hija más pequeña.
Pasados unos minutos parece ser que la niña más grande en un movimiento “torpe” con su brazo izquierdo roza a su madre y engancha con un anillito, supongo, el sweter, cosa que produce cierto estiramiento de la lana que queda desentramada del orden original que el tejido dibuja cuando se vuelve sweter.
Lo que sigue es el diálogo al que asistí.
Madre- ¿Qué hacés nena?
Niña- (…)
Madre- ¿sos idiota Josefina?
Niña- (…) Con la mirada rebotando en el piso.
Madre- Mirá que sos tarada, ¿por qué no te hacés eso en tu pullover? Sos imbécil eh…! Contestame
Niña- (………)
Madre- Como te daría vuelta la cara de un sopapo pelotuda!
Niña- (…) se acerca un poco a su madre
Madre- Salí imbécil, la puta que te parió Josefina, mirá el pullover. Ay cómo te cagaría a palos!
Niña- (….) Su hermanita se acerca y apoya su cabeza en el brazo de la niña.
Madre- Una más estúpida que la otra…
¿Cómo explicarles? La furia que sentí no se alejaba en nada a la que debe sentir alguien que odia sin medida y es capaz de matar en una pelea mano a mano con el odiado.
Como una instantánea surgió de mi memoria el recuerdo de una tarde en el zoológico, siendo yo muy pequeña, cuando mi padre se trenzó en lucha, así dicen los medios, con un señor que le había pegado a su bebé de no más de 1 año por haberse caído en la tierra y haber ensuciado su vestidito blanco. O sea, se agarró a piñas con el padre de la chiquita porque no pudo soportar que la agrediera físicamente. Nunca voy a olvidar esa imagen.
Pensé infinidad de cosas, insultar a la señora, denunciarla ante alguien, ¿ante quién? ¿Con qué motivo? ¿Maltrato psicológico? ¿Maltrato infantil? ¿Cómo lo pruebo? ¿Por un diálogo de 5 minutos en la calle?
Delante de mí quedaba sólo un chico por entrar al cajero. Giré mi cabeza, miré a la señora con la mirada más desagradable que pude lograr y ella, por supuesto, sin el mínimo registro seguía intentando acomodar ese sweter detestable.
”Madre de mierda”, pensé. Por cierto la miseria humana no excluye a las madres. ¿Qué me sorprendía? ¿Qué se valora tanto de las familias heterosexuales? ¿Qué se les endilga a las madres como condición natural? Si no hay nada más que eso a priori, la posibilidad biológica de tener hijos. De ahí en más sólo una mujer y su circunstancia. La maternidad, tal como la concebimos en occidente al menos, es una situación que finalmente cualquiera puede cumplir si hay deseos de conformarse como responsable afectivo de un ser. Nada nuevo bajo el sol a esta altura.
Sigo: El chico que estaba delante de mí salió del cajero anunciándome que no había más plata. Lo miré unos segundos, “mala suerte” me dijo. Claro, mala suerte pensé; los padres también pueden ser producto de la mala suerte de un hijo. Ahora, uno puede doblarle la apuesta a la desgracia para intentar, al menos, que no reine sólo el azar ¿no?
Bueno. Retiré mi espalda del vidrio, giré como para salir de la fila, perfilé mi cuerpo, me acerqué a la niña, la tomé por detrás, de la cintura, casi que la abracé y le dije al oído con un tono lo suficientemente discreto pero alto. “Buscate otra madre mi amor, no son todas así, no dejes que te maltrate”. La señora observó pero a pesar de mi cuidado escuchó y con un tono más que desagradable e imperativo me dijo:
Madre -¿Qué? ¿Qué te pasa nena?
Yo- Me pasa que sos una reverenda hija de puta… eso me pasa.
Empecé a caminar con mi mirada rebotando en el aire y temblando, como esa niña tal vez, pero complacida de mí, a diferencia de ella.
Pensaba, minutos después, cuánto pudo haber afectado a Josefina mi comentario y cuánto camino recorrerá en su cabecita hasta que algún día cobre sentido. “¿Será?”
“Ojalá”, me dijo Pini, al tiempo que le besaba la nariz a Vera mientras su mirada se incrustaba en el cielo. Es una cuestión de suerte insistí y Vera la tuvo con nosotros, como intención al menos..., lo demás, como todo amor, es un trabajo que se inicia cada mañana bien temprano.
Por: Sol Guerrero
domingo, julio 4
Sigfrido
Por: Pini Raffaele
Cuando Sabina, en agosto de 1904, entró al hospital Burgölzli, en Zurich, llevaba dos equipajes. Uno era una simple maleta de cartón con unas pocas prendas de vestir y el otro, la historia de un padre violento y manipulador. Su estado no podía ser más desesperante; había llegado a contener sus heces más de dos semanas y se masturbaba compulsivamente después de cada golpiza que le daba su padre a ella o a sus hermanos.
Spielrein, era el apellido de Sabina.
Spielrein, que en alemán significa “juego limpio”, sería una de las tantas paradojas de esta historia.
Un joven Carl Gustav Jung fue quien recibió a la paciente e inmediatamente percibió una inteligencia perturbadora en la muchacha. Sabina tenía entonces diecinueve años y una pasión arrolladora por la música. El mismo Jung, que la instó a estudiar medicina, declaró años más tarde que si hubiese optado por el arte, en lugar de la ciencia, seguramente habría terminado desquiciada. Pero Sabina se había enamorado perdidamente de Jung y hubiese hecho cualquier cosa para complacerlo. Tanto que se convirtió en una de las psiquiatras más brillantes de la época e iba a influir definitivamente los trabajos sobre instinto de muerte de Sigmund Freud.
La historia hubiese sido apenas un exitoso tratamiento psicoanalítico si Jung no hubiese terminado enamorándose tan profundamente como ella. Lo lamentable era que Carl no estaba dispuesto a poner nada en juego por aquel amor y Sabina parecía signada por la eternidad.
Cuando Jung se vio desbordado por la situación, y nadie mejor que él podría notarlo, decidió supervisar el caso con Freud, quien ya era considerado una eminencia y había leído algunos de los primeros escritos del joven. Dicen que el vienés fue atraído por la propuesta porque su trabajo seguía circunscripto al ámbito judío y ésta era la oportunidad de expandirlo al influyente mundo ario al que pertenecía Jung.
Sabina, enterada de esto y sabiendo que Carl había omitido mencionar la relación amorosa, se comunicó directamente con Freud y éste la invitó a participar de sus famosas reuniones psicoanalíticas de los miércoles.
Spielrein… pero nadie jugaba limpio.
El romance se hizo público y estalló el escándalo. A Jung no le alcanzó la elegancia y dijo que se trataba del delirio de una paciente a la que le había salvado la vida.
Sabina se casó y volvió a su Rusia natal, pero no tuvo el hijo que soñaba con Carl al que iba a llamar Sigfrido, casi un apócope de Sigmund Freud. En cambio tuvo dos hijas: Eva (como la mujer primera) y Renata (renacida).
Junto a ellas fue fusilada en 1942 por las tropas nazis, en su delirante carrera hacia Moscú.
Pini Raffaele
Cuando Sabina, en agosto de 1904, entró al hospital Burgölzli, en Zurich, llevaba dos equipajes. Uno era una simple maleta de cartón con unas pocas prendas de vestir y el otro, la historia de un padre violento y manipulador. Su estado no podía ser más desesperante; había llegado a contener sus heces más de dos semanas y se masturbaba compulsivamente después de cada golpiza que le daba su padre a ella o a sus hermanos.
Spielrein, era el apellido de Sabina.
Spielrein, que en alemán significa “juego limpio”, sería una de las tantas paradojas de esta historia.
Un joven Carl Gustav Jung fue quien recibió a la paciente e inmediatamente percibió una inteligencia perturbadora en la muchacha. Sabina tenía entonces diecinueve años y una pasión arrolladora por la música. El mismo Jung, que la instó a estudiar medicina, declaró años más tarde que si hubiese optado por el arte, en lugar de la ciencia, seguramente habría terminado desquiciada. Pero Sabina se había enamorado perdidamente de Jung y hubiese hecho cualquier cosa para complacerlo. Tanto que se convirtió en una de las psiquiatras más brillantes de la época e iba a influir definitivamente los trabajos sobre instinto de muerte de Sigmund Freud.
La historia hubiese sido apenas un exitoso tratamiento psicoanalítico si Jung no hubiese terminado enamorándose tan profundamente como ella. Lo lamentable era que Carl no estaba dispuesto a poner nada en juego por aquel amor y Sabina parecía signada por la eternidad.
Cuando Jung se vio desbordado por la situación, y nadie mejor que él podría notarlo, decidió supervisar el caso con Freud, quien ya era considerado una eminencia y había leído algunos de los primeros escritos del joven. Dicen que el vienés fue atraído por la propuesta porque su trabajo seguía circunscripto al ámbito judío y ésta era la oportunidad de expandirlo al influyente mundo ario al que pertenecía Jung.
Sabina, enterada de esto y sabiendo que Carl había omitido mencionar la relación amorosa, se comunicó directamente con Freud y éste la invitó a participar de sus famosas reuniones psicoanalíticas de los miércoles.
Spielrein… pero nadie jugaba limpio.
El romance se hizo público y estalló el escándalo. A Jung no le alcanzó la elegancia y dijo que se trataba del delirio de una paciente a la que le había salvado la vida.
Sabina se casó y volvió a su Rusia natal, pero no tuvo el hijo que soñaba con Carl al que iba a llamar Sigfrido, casi un apócope de Sigmund Freud. En cambio tuvo dos hijas: Eva (como la mujer primera) y Renata (renacida).
Junto a ellas fue fusilada en 1942 por las tropas nazis, en su delirante carrera hacia Moscú.
Pini Raffaele
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